Desde las primeras horas de la mañana del viernes, el amarillo ya había ganado la pulseada en las prolijas y elegantes calles de Country Club Plaza. Entre cafés, boutiques y las veredas tranquilas de uno de los rincones más pintorescos de Kansas City, aparecieron las camisetas de Ecuador, las banderas y los bombos improvisados. Había familias enteras, chicos con camisetas firmadas y grupos que habían manejado durante muchas horas con un único objetivo: ver de cerca a su selección.
A las 16.30, esa calma casi perfecta del barrio se rompió de golpe. El movimiento comenzó unos minutos antes. La puerta del Marriott Country Club Plaza Hotel empezó a llenarse de hinchas y la Policía montó un cordón de seguridad. Todo transcurría con una tranquilidad llamativa, hasta que en el horizonte apareció el ómnibus que trasladaba a la delegación, que llegó en avión desde Columbus (Ohio), donde el “Tri” instaló su base de operaciones durante el Mundial.
Y entonces, el barrio se transformó. “¡Sí se puede, sí se puede!”, comenzó a trona desde detrás de las vallas. “¡Ecuador, Ecuador!”, fue el grito de guerra después, con una fuerza que hizo girar la cabeza a más de un vecino que no entendía demasiado qué estaba pasando.
El micro se detuvo y el primero en bajar fue Sebastián Beccacece. El entrenador levantó su mano derecha hacia ambos costados, saludó con una sonrisa y desapareció rápidamente dentro del hotel junto con sus colaboradores. Los futbolistas, en cambio, entendieron que era el momento de devolver tanto cariño.
Uno a uno se acercaron a las vallas. Hubo firmas, fotos, saludos y sonrisas. Los hinchas deliraban, pero sin empujones ni desbordes. Los encargados de seguridad observaban desde lejos. No hacía falta intervenir; todo ocurría en un clima de respeto y felicidad.
Luis Miguel Hurtado, de apenas 20 años, había llegado acompañado por su mamá, su abuela, su hermana y un tío. Luego de 10 horas de viaje y una jornada entera de espera tuvo su premio. “Ando extasiado, ahorita. No sabía que me podía tomar una foto con los jugadores. Estoy feliz. Los estuve esperando todo el día. Llegamos con mi familia y estamos desde la mañana”, contó todavía con una sonrisa que no le entraba en la cara.
Su optimismo tampoco se había alterado por el debut fallido. “Es una gran felicidad verlos. Sé que vamos a ganar contra Curazao con gran superioridad. Aunque la gente esté enojada por lo del primer partido, vamos a ganar y vamos a clasificar. A Alemania también le vamos a ganar. ¡La próxima vez vamos a traer al perro!— gritó antes de fundirse en otro "¡Sí se puede!".
A unos metros, Joao no podía contener las lágrimas. El pequeño abrazaba una hoja con dos firmas recién conseguidas mientras su padre, Julio, intentaba calmarlo. “Estoy muy feliz porque logré dos firmas de jugadores”, alcanzó a decir el niño.
La emoción también atravesaba al padre. Viven en Nueva York, pero mantienen intacto el vínculo con su tierra. “Vamos a ganar 3 a 0. Ojalá que Dios permita eso”, dijo Julio, con una mezcla de fe y ansiedad.
Otro hincha, con una enorme bandera ecuatoriana en sus manos, había manejado siete horas desde Minneapolis, junto a un amigo. “Es la primera vez que puedo ver a los jugadores de cerca. Vine por (Piero) Hincapié y por Willian Pacho. Nada está perdido, podemos ganar. El sentimiento que me mueve es el mismo que mueve a toda esta gente”, explicó, antes de interrumpirse sólo para empezar a cantar. “¡Ecuador, Ecuador, Ecuador!” repetió, mientras a su lado su compañero de viaje completaba la historia. “Hicimos siete horas. Estamos cansados, pero felices de apoyar a la Selección. Vamos a ganar. Dios nos ayudará. Ganaremos 3 a 0”, remató.
Minutos después, cuando el último jugador desapareció detrás de las puertas del hotel, el "sí se puede" volvió a escucharse una vez más. Ecuador necesita una goleada ante Curazao y luego jugarse todo frente a Alemania para intentar meterse en los 16avos de final. Los hinchas lo saben y creen.
Pasado el vendaval, Country Club Plaza recuperó su habitual serenidad. Los autos volvieron a circular sin sobresaltos y los vecinos retomaron sus caminatas entre las tiendas y restaurantes. Pero sobre las veredas todavía quedaban pequeños grupos vestidos de amarillo, revisando fotos, mostrando autógrafos y reviviendo cada segundo de un encuentro que duró apenas unos minutos, pero que para ellos quedará grabado para siempre.
Porque el barrio volvió a estar en calma, pero los ecuatorianos, en cambio, seguían flotando. Extasiados. Como si esa tarde, en medio de Kansas City, hubieran vuelto a sentirse un poco más cerca de casa.